Todo lo que crece tuvo, alguna vez, un primer brote. El de Yvu fue literal: un manantial familiar, descubierto por los abuelos y transmitido entre generaciones, que sigue corriendo en el mismo terreno donde nació.
De ahí tomamos no solo el nombre, sino la idea que lo sostiene todo: que las grandes redes, como las grandes aguas, empiezan siendo pequeñas y puntuales.